La cosmética natural prioriza determinados ingredientes de origen vegetal, mineral o biotecnológico, pero conviene leer siempre su composición.
L&S.- La expresión cosmética natural parece sencilla hasta que intentamos definirla. A primera vista cualquiera diría que se refiere a productos elaborados con sustancias procedentes de la naturaleza, pero enseguida aparecen las preguntas: ¿hasta qué punto puede transformarse una materia prima y seguir considerándose natural?, ¿es lo mismo natural que ecológico?, ¿un ingrediente sintético es necesariamente peor?, ¿una sustancia natural es siempre inocua?
Y ahí empieza lo interesante, porque “natural” no es sinónimo de “bueno” ni “sintético” significa automáticamente “malo”. El petróleo, por ejemplo, es una materia prima que existe en la naturaleza, pero de él pueden obtenerse mediante procesos de refinado numerosos derivados que ya no encajan necesariamente en lo que los estándares de cosmética natural entienden por ingrediente natural. Si lleváramos el concepto de origen hasta el absurdo, hasta podríamos decir que comer carne es una forma indirecta de comer hierba porque la vaca se alimentó de ella. Evidentemente, no funciona así.
Por eso, para entender la cosmética natural no basta con preguntar de dónde salió inicialmente una sustancia. Hay que mirar qué es, cómo se ha procesado, en qué concentración se utiliza, qué función cumple y qué sabemos sobre su seguridad.
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En términos generales, se habla de cosmética natural cuando una formulación da prioridad a ingredientes de origen vegetal, mineral o biotecnológico y utiliza procesos compatibles con determinados criterios de transformación. Sin embargo, no existe una única definición universal aplicable a cualquier producto que lleve la palabra «natural» en el envase.
Por eso tienen importancia estándares como COSMOS, que establecen categorías y requisitos concretos para las materias primas, distinguiendo entre agua, minerales, ingredientes de origen mineral, materias primas agrícolas procesadas física o químicamente y otros ingredientes. También regulan qué procesos son aceptables y bajo qué condiciones puede un producto utilizar una certificación natural o ecológica. COSMOS no se limita, por tanto, a preguntar si algo “viene de la naturaleza”, sino a valorar también su transformación y su composición. COSMOS-standard
Una de las expresiones más engañosas que podemos encontrar es «cosmética sin químicos». Eso es imposible. El agua es química, un aceite vegetal es química, la vitamina C es química y los componentes aromáticos de una flor también son sustancias químicas.
Cuando muchas personas dicen que buscan cosmética «sin químicos», en realidad suelen querer expresar otra cosa: que desean evitar determinados ingredientes que consideran innecesarios, irritantes o problemáticos y prefieren fórmulas basadas principalmente en materias primas de origen vegetal o mineral, con un buen perfil de seguridad y una transformación razonable.
Esa idea tiene mucho más sentido que dividir el mundo entre naturaleza y laboratorio, porque una molécula sintetizada no se vuelve peligrosa simplemente por haber sido fabricada, del mismo modo que una sustancia natural no se convierte automáticamente en inocua por proceder de una planta.
Nuestro organismo dispone de sistemas capaces de transformar y eliminar multitud de sustancias. El hígado metaboliza muchos compuestos, los riñones eliminan otros, el intestino participa en la excreción y los pulmones eliminan determinadas sustancias volátiles. El sistema inmunitario, por su parte, interviene cuando detecta elementos capaces de desencadenar una respuesta defensiva.
Pero el organismo no dispone de un detector que diga «esto es natural, lo acepto» y «esto es sintético, lo rechazo». Lo que importa es la naturaleza química de la sustancia, la cantidad, la frecuencia de exposición, la vía por la que entra en contacto con el organismo y la capacidad individual para metabolizarla o eliminarla.
Además, esos mecanismos de transformación y eliminación no son ilimitados. De ahí que tenga sentido reducir exposiciones innecesarias cuando existe una alternativa adecuada, pero sin convertir esa prudencia en una guerra indiscriminada contra todo lo sintético.
Durante años se ha repetido que cualquier sustancia aplicada sobre la piel pasa directamente al torrente sanguíneo, pero la realidad es más compleja. La piel es precisamente una barrera y limita mucho la entrada de sustancias. Algunas pueden atravesarla en mayor o menor grado dependiendo de su tamaño molecular, concentración, formulación, tiempo de contacto, zona del cuerpo y estado de la propia piel, mientras que otras permanecen principalmente en la superficie.
Eso no significa que la exposición cutánea sea irrelevante, porque precisamente la evaluación de seguridad de un cosmético tiene en cuenta cuánto puede absorberse y cuánto producto se utiliza. Lo que no debemos hacer es imaginar la piel como una esponja abierta por la que todo entra sin control.
La comparación tampoco debe plantearse como una batalla entre productos saludables y productos tóxicos. Los cosméticos comercializados legalmente en la Unión Europea están sometidos al Reglamento (CE) 1223/2009 y deben disponer de una evaluación de seguridad antes de salir al mercado.
La diferencia está más bien en la filosofía de formulación. La cosmética natural suele priorizar aceites vegetales, mantecas, ceras, extractos, hidrolatos y materias primas de origen mineral o biotecnológico, mientras que la cosmética convencional dispone de un abanico más amplio de sustancias y tecnologías para conseguir determinadas texturas, estabilidad, conservación o funciones específicas.
En ambos casos puede haber productos muy bien formulados y otros que no nos interesen. Por eso la etiqueta importa mucho más que el reclamo comercial del frontal del envase.
La naturaleza fabrica algunas de las sustancias más potentes que conocemos. Determinados aceites esenciales pueden irritar o sensibilizar la piel, algunas plantas contienen compuestos tóxicos y una persona alérgica puede reaccionar ante un ingrediente completamente natural.
A la inversa, existen ingredientes sintéticos utilizados durante décadas, ampliamente estudiados y seguros dentro de las concentraciones autorizadas. Por tanto, la pregunta correcta no es «¿es natural?», sino «¿qué sustancia es, qué hace y en qué cantidad aparece?».
Lo tiene, pero por razones más interesantes que la simple idea de que «lo natural es mejor». Muchas personas prefieren fórmulas con mayor presencia de materias primas vegetales o minerales, menos ingredientes superfluos y determinados criterios ambientales en su fabricación. También pueden valorar que ciertos estándares de cosmética natural limiten procesos o materias primas que no encajan con su filosofía de producción.
COSMOS, por ejemplo, incorpora entre sus principios el uso responsable de los recursos naturales, la protección de la biodiversidad, procesos de transformación respetuosos con la salud y el medio ambiente y el desarrollo de la llamada química verde. Es decir, la cuestión no se limita únicamente a lo que ponemos sobre la piel, sino también a cómo se obtiene y fabrica el producto. COSMOS-standard: principios y criterios
Un cosmético puede contener ingredientes de origen natural y no ser ecológico. Para hablar de cosmética ecológica certificada entran en juego requisitos adicionales relacionados, entre otras cosas, con el origen de determinadas materias primas y los criterios establecidos por el organismo certificador.
Esta diferencia la explicamos con detalle en nuestro artículo sobre cosmética ecológica, que complementa directamente esta información.
Podemos discutir durante horas qué significa exactamente «natural», pero cuando tenemos un cosmético delante hay una herramienta mucho más útil: su lista de ingredientes.
El INCI permite saber qué sustancias contiene realmente el producto, independientemente del color verde del envase, de las flores dibujadas en la etiqueta o de que aparezcan palabras como natural, botánico, clean, puro o ecológico.
Ahí es donde dejamos de comprar por impresión y empezamos a comprar con información.
Si de verdad queremos aprender a elegir cosmética con criterio, hay dos artículos que conviene leer junto a este, porque son los que permiten pasar de la teoría a la práctica.
El primero es nuestra guía sobre ingredientes INCI, donde explicamos cómo se presenta la composición de un cosmético y cómo interpretar los nombres que aparecen en la etiqueta.
El segundo es Cosméticos ecológicos: aprende a mirar lo que contienen, donde repasamos familias de ingredientes que pueden aparecer repetidamente en cremas, champús, geles, maquillajes, desodorantes, productos para las uñas y otros productos cotidianos, explicando qué son y por qué puede interesar prestar atención a ellos.
No se trata de memorizar una lista de ingredientes «buenos» y «malos», sino de poder coger un envase, darle la vuelta y entender bastante mejor lo que estamos comprando. Esa es probablemente una de las mejores herramientas que puede tener un consumidor.
Una de las búsquedas que aparece con frecuencia es «cosmética natural sin disruptores endocrinos». Es una preocupación comprensible, pero también aquí conviene evitar simplificaciones. No todos los ingredientes sintéticos son disruptores endocrinos ni todas las sustancias naturales carecen de actividad hormonal.
Cuando una sustancia plantea un riesgo demostrado, puede ser restringida o prohibida por la normativa. Por eso resulta mucho más útil conocer ingredientes concretos y comprobar su situación que fiarse únicamente de expresiones publicitarias como «sin tóxicos».
Otro concepto muy buscado es el de la cosmética natural casera. Preparar una mezcla sencilla de aceites puede ser relativamente fácil, pero en cuanto introducimos agua, hidrolatos, aloe u otros ingredientes acuosos aparece un problema que muchas veces se olvida: los microorganismos.
Una crema casera sin un sistema de conservación adecuado puede contaminarse con bacterias, levaduras u hongos aunque siga teniendo buen aspecto. También es necesario controlar el pH, la estabilidad de la emulsión y las concentraciones utilizadas. Por eso fabricar una crema segura es bastante más complejo que mezclar ingredientes naturales en un recipiente.
No necesariamente. Puede haber fórmulas naturales excelentes y productos convencionales excelentes. Un aceite vegetal puede mejorar la suavidad y reducir la pérdida de agua de la piel, pero eso no significa que sustituya a cualquier activo dermatológico ni que tenga propiedades que no ha demostrado.
Lo mismo ocurre con las mantecas, extractos vegetales y aceites esenciales: pueden ser muy útiles para determinados objetivos, pero no necesitan convertirse en remedios universales para tener valor.
La eficacia depende de la formulación completa, de la concentración de los ingredientes y de aquello que pretendamos conseguir.
Conviene empezar olvidándonos del frontal del envase y mirar la lista de ingredientes. Después podemos comprobar si el producto utiliza una certificación reconocida y qué significa exactamente ese sello.
También merece la pena desconfiar de expresiones absolutas como «100 % libre de químicos» o «sin toxinas» cuando no se explica qué sustancias se están evitando. Son mensajes publicitarios fáciles de entender, pero científicamente demasiado imprecisos.
Una formulación natural seria no debería necesitar asustarnos con todo lo demás para demostrar su valor.
Quizá la mejor manera de definirla sea esta: una cosmética que busca dar prioridad a determinadas materias primas de origen natural, utilizar procesos compatibles con unos criterios definidos y formular productos eficaces y seguros reduciendo, cuando sea posible, ingredientes o procesos que no aportan un beneficio suficiente para justificar su uso.
Pero después de esa definición empieza el verdadero trabajo del consumidor: leer, comparar y entender.
Porque la palabra «natural» puede orientarnos, pero el INCI nos dice lo que realmente hay dentro.
No. Todos los ingredientes, naturales o sintéticos, son sustancias químicas. La expresión correcta sería hablar de cosméticos que priorizan materias primas de origen natural y determinados procesos de fabricación.
No necesariamente. Su seguridad depende de la sustancia, la dosis, la exposición y el uso previsto, no simplemente de dónde procede.
No. Hay sustancias naturales irritantes, alergénicas o tóxicas. El origen natural no garantiza inocuidad.
No. Un producto puede ser natural sin estar certificado como ecológico. La cosmética ecológica debe cumplir criterios adicionales según el estándar utilizado.
Hay que mirar su INCI, conocer el significado de sus ingredientes y, cuando exista, comprobar la certificación utilizada. El aspecto del envase o la palabra «natural» no bastan.
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Muchas gracias por los consejos, estando embarazada es super importante la hidratación en la piel.