Los protectores solares pueden utilizar filtros minerales, orgánicos o combinaciones de ambos, con distintos factores de protección.
L&S.- Elegir entre tantos protectores solares puede parecer más complicado de lo que debería. Encontramos FPS 30, 50 y 50+, cremas, sprays, fluidos, productos faciales, infantiles, minerales, orgánicos, con color, resistentes al agua… y, además, mensajes que advierten sobre determinados filtros mientras otros productos se anuncian como si formaran una barrera completamente inocua sobre la piel.
Sin embargo, para escoger bien no hace falta convertirse en químico. Lo primero es entender qué protege realmente un fotoprotector, qué significan las cifras del envase y cuál es la diferencia entre los tradicionales filtros físicos o minerales y los llamados filtros químicos u orgánicos.
Y hay una idea que debe quedar clara desde el principio: el protector solar es una parte de la fotoprotección, no una licencia para permanecer indefinidamente al sol. Sombra, ropa, sombrero y gafas siguen siendo aliados importantes, especialmente en las horas de mayor radiación.
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La radiación ultravioleta que alcanza nuestra piel incluye principalmente radiación UVA y UVB. Los rayos UVB están especialmente relacionados con la quemadura solar, mientras que los UVA penetran más profundamente y participan de forma importante en el fotoenvejecimiento y también en el daño acumulativo que puede favorecer el cáncer de piel.
Por eso no basta con fijarse únicamente en un número alto de FPS. Conviene elegir un producto de amplio espectro, es decir, formulado para proteger frente a UVA y UVB.
La exposición excesiva al sol también puede convertirse en un comportamiento poco saludable. En Línea y Salud explicamos, por ejemplo, qué ocurre en la tanorexia o adicción al bronceado.
Tradicionalmente se ha hablado de protectores solares físicos y químicos. Es una clasificación que sigue utilizándose y resulta fácil de entender, aunque actualmente es más preciso hablar de filtros minerales o inorgánicos y filtros orgánicos.
Los principales filtros minerales utilizados en protección solar son el óxido de zinc y el dióxido de titanio.
Durante años se explicó que estos protectores actuaban simplemente como un pequeño espejo colocado sobre la piel: la radiación llegaba, chocaba con la barrera mineral y era reflejada. Hoy sabemos que esa explicación es demasiado simple.
Los filtros minerales también absorben una parte importante de la radiación ultravioleta, además de dispersar y reflejar una fracción de ella. Por tanto, llamarles “pantalla física” puede ayudar a entender que permanecen sobre la superficie cutánea, pero no describe por completo su funcionamiento.
Una de sus ventajas es que suelen tolerarse bien en personas con piel sensible. Como inconveniente, algunas formulaciones pueden resultar más densas o dejar un residuo blanquecino, aunque las formulaciones cosméticas actuales han mejorado mucho en este aspecto.
La American Academy of Dermatology incluye el óxido de zinc y el dióxido de titanio entre los ingredientes característicos de los llamados protectores físicos o minerales.
Los filtros tradicionalmente llamados “químicos” se denominan con mayor precisión filtros orgánicos. Entre ellos existen numerosas sustancias: avobenzona, octocrileno, octisalato, homosalato y otros filtros cuya disponibilidad puede variar según la legislación de cada país.
Estos compuestos absorben la radiación ultravioleta y transforman esa energía en una forma de energía de menor intensidad.
Suelen permitir texturas ligeras, transparentes y agradables de extender, una característica importante porque el mejor protector solar sirve de poco si resulta tan incómodo que terminamos aplicando una cantidad insuficiente.
También existen formulaciones que combinan filtros minerales y orgánicos. El objetivo puede ser conseguir una protección amplia aprovechando las características de distintos filtros y, al mismo tiempo, lograr una textura cosméticamente agradable.
Por tanto, no es correcto afirmar que un protector mineral es automáticamente “bueno” y uno orgánico automáticamente “malo”. Hay formulaciones distintas, filtros diferentes y necesidades diferentes.
Este es uno de los asuntos que más dudas provoca actualmente y también aparece con frecuencia en las búsquedas relacionadas con “protectores solares sin disruptores endocrinos”.
Sabemos que algunos ingredientes de determinados protectores solares pueden absorberse a través de la piel y detectarse posteriormente en el organismo. La propia FDA estadounidense reconoce esta absorción y continúa solicitando datos para caracterizar con mayor precisión la seguridad de distintos filtros.
Pero hay que distinguir dos cosas: que una sustancia sea absorbida no demuestra por sí mismo que produzca daño.
Algunos filtros han mostrado actividad hormonal o efectos biológicos en determinados modelos experimentales, lo que justifica seguir estudiándolos. Sin embargo, extrapolar directamente esos resultados y afirmar que todos los protectores orgánicos son tóxicos o disruptores endocrinos para las personas en condiciones normales de uso sería ir más lejos de lo que permite la evidencia actual.
En su evaluación regulatoria, la FDA considera que existe información suficiente para respaldar la seguridad del óxido de zinc y el dióxido de titanio dentro de las condiciones evaluadas, mientras que para diversos filtros orgánicos ha solicitado información adicional. “Necesitamos más datos” no significa “se ha demostrado que sean peligrosos”.
Para una persona que desee reducir al máximo la exposición a filtros orgánicos por prudencia personal, un protector basado en óxido de zinc y/o dióxido de titanio es una alternativa razonable, siempre que ofrezca una fotoprotección adecuada y se utilice correctamente.
El FPS o factor de protección solar indica fundamentalmente la capacidad de un producto para proteger frente a la radiación UVB responsable de la quemadura solar.
Aquí debemos corregir una explicación muy repetida durante años: FPS 30 no significa que podamos permanecer al sol treinta veces más tiempo sin consecuencias.
No funciona como un cronómetro.
La cantidad de radiación que recibimos cambia con la hora del día, latitud, altitud, nubosidad, reflexión del agua o la arena, cantidad de producto aplicada, sudor, baño y características de nuestra propia piel.
El FPS se determina mediante pruebas estandarizadas. Como referencia aproximada, un FPS 15 filtra alrededor del 93 % de la radiación UVB y un FPS 30 alrededor del 97 %. Un FPS mayor aumenta la protección, pero ningún protector solar bloquea el 100 % de la radiación ultravioleta. Así lo explica la American Academy of Dermatology.
Para una protección cotidiana eficaz, numerosas organizaciones dermatológicas recomiendan utilizar al menos FPS 30. Un FPS 50 o 50+ proporciona un margen adicional que puede resultar especialmente interesante en piel clara, antecedentes de cáncer cutáneo, tratamientos fotosensibilizantes, manchas, exposición intensa, actividades al aire libre o personas que tienden a aplicar menos producto del necesario.
No existe tampoco una “pantalla total”. Las denominaciones que puedan hacer pensar que un producto bloquea absolutamente toda la radiación resultan engañosas.
Y ponerse primero FPS 30 y después FPS 20 no produce FPS 50. Los factores no se suman.
Un número FPS alto no cuenta por sí solo toda la historia. Conviene que el producto indique también protección UVA y UVB o protección de amplio espectro.
La radiación UVA contribuye al envejecimiento cutáneo, la pigmentación y el daño acumulativo de la piel. Por tanto, elegir únicamente por el número grande que aparece en la parte frontal del envase puede hacernos pasar por alto una parte importante de la fotoprotección.
No existe un protector perfecto para todo el mundo. El mejor será aquel que proporcione protección suficiente, resulte adecuado para nuestra piel y sea lo bastante agradable como para aplicarlo correctamente y repetir su uso.
Como regla práctica conviene buscar:
Un protector corporal que ofrezca una fotoprotección adecuada también puede proteger el rostro. La diferencia de muchos protectores faciales está fundamentalmente en la formulación cosmética.
Pueden ser más ligeros, no comedogénicos, adecuados para piel grasa, incorporar color o estar formulados para evitar que piquen los ojos.
En piel con tendencia a manchas, los protectores con color que contienen determinados pigmentos, como óxidos de hierro, pueden aportar además protección frente a parte de la luz visible, algo especialmente interesante en determinados trastornos de pigmentación.
Cada vez encontramos más productos solares que, además de protección UV, incorporan color, hidratantes, antioxidantes o ingredientes dirigidos a otros problemas cosméticos.
Esto puede ser útil, pero la función añadida nunca debería hacernos olvidar para qué compramos el producto: la fotoprotección es lo primero.
Un buen ejemplo son los llamados productos solares anticelulíticos. En Línea y Salud hemos analizado específicamente el protector solar anticelulítico y hasta dónde puede llegar realmente su efecto sobre la celulitis. Si incorpora ingredientes cosméticos adicionales, estupendo; pero no debería sacrificarse por ello la protección frente a UVA y UVB.
Uno de los principales problemas en la vida real no es que el FPS elegido sea bajo, sino que aplicamos mucho menos producto del utilizado en las pruebas con las que se determina ese FPS.
Hay que cubrir de forma generosa toda la piel expuesta. Orejas, cuello, empeines, escote y zonas próximas a la ropa se olvidan con frecuencia.
En sprays también es fácil aplicar una cantidad insuficiente. No basta con hacer una nube rápida sobre la piel. Es necesario pulverizar generosamente y extender el producto para conseguir una cobertura uniforme.
La vieja recomendación de esperar siempre treinta minutos tampoco debe convertirse en una ley rígida. Algunas organizaciones recomiendan aplicarlo unos 15 minutos antes de salir al exterior, fundamentalmente para permitir una distribución uniforme y evitar empezar la exposición con zonas sin cubrir.
Más importante que discutir entre quince o treinta minutos es aplicarlo antes de estar ya tumbados al sol, utilizar cantidad suficiente y no olvidarnos de reaplicarlo.
Como orientación general, conviene reaplicarlo aproximadamente cada dos horas durante la exposición y también antes cuando se haya perdido producto.
Hay que volver a aplicarlo después de:
La American Academy of Dermatology explica cómo aplicar y reaplicar correctamente el protector solar.
Resistente al agua no significa impermeable.
El agua, el sudor y el secado con una toalla terminan retirando parte del producto. Algunas normativas permiten indicar periodos concretos de resistencia demostrada mediante pruebas estandarizadas, pero eso no significa que podamos bañarnos repetidamente y olvidarnos de volver a aplicarlo.
Después del baño, especialmente si nos hemos secado con una toalla, la opción prudente es reponer la protección.
Los niños requieren especial protección porque las quemaduras y la exposición UV acumulada durante las primeras etapas de la vida tienen importancia a largo plazo.
La prioridad no debe ser únicamente embadurnarlos de crema: también hay que utilizar sombra, ropa, gorro y evitar las horas de radiación más intensa.
Los bebés menores de seis meses deberían mantenerse fuera de la exposición solar directa. El NHS recomienda evitar el sol directo en menores de seis meses y utilizar fundamentalmente ropa y sombra para protegerlos.
A partir de esa edad, puede emplearse protector solar adecuado en las zonas expuestas siguiendo las recomendaciones pediátricas y del fabricante.
No es obligatorio tirar automáticamente un protector solar al terminar cada verano.
Lo primero es comprobar la fecha de caducidad o el periodo después de apertura que aparece en el envase. También importa cómo se ha conservado.
Un producto que ha permanecido repetidamente dentro de un coche al sol, sobre una toalla a temperaturas muy elevadas o con el envase deteriorado merece más dudas que otro conservado correctamente.
Si ha cambiado de olor, color, textura o se han separado sus componentes de forma extraña, lo razonable es desecharlo.
Por tanto, la regla no es “un verano y a la basura”, sino respetar la caducidad y conservar correctamente el producto.
El formato por sí mismo no determina la calidad de la protección.
Una crema puede facilitar la aplicación abundante en piel seca; un fluido puede resultar mucho más agradable en el rostro; un stick es práctico para zonas pequeñas; y un spray permite extender rápidamente el producto por superficies amplias.
El verdadero problema aparece cuando la comodidad del formato hace que utilicemos demasiado poco producto. Con un spray, por ejemplo, es fácil pensar que unas pocas pulverizaciones son suficientes cuando apenas hemos cubierto la piel.
El protector solar es extraordinariamente útil, pero no debería utilizarse para prolongar deliberadamente durante horas una exposición que de otro modo evitaríamos.
Una fotoprotección razonable combina varias medidas: sombra cuando la radiación es intensa, ropa cuando sea posible, sombrero, gafas con protección UV y protector solar sobre la piel que queda expuesta.
Tampoco debemos obsesionarnos hasta convertir cualquier minuto al aire libre en una amenaza. El objetivo no es vivir escondidos del sol, sino evitar las quemaduras y reducir la exposición excesiva y acumulativa.
Para la mayoría de las personas, ambas familias pueden proporcionar una protección eficaz si el producto ofrece suficiente FPS, cobertura UVA/UVB y se utiliza correctamente.
Una piel muy sensible puede encontrarse más cómoda con óxido de zinc o dióxido de titanio. Otra persona puede abandonar un protector mineral demasiado espeso y utilizar correctamente todos los días un fluido con filtros orgánicos.
En ese caso, el segundo puede proporcionar una protección real mucho mayor que un producto teóricamente perfecto que permanece olvidado en el cajón.
Por eso, más que perseguir etiquetas como “natural”, “químico”, “sin tóxicos” o “pantalla total”, interesa mirar qué filtros contiene, qué protección proporciona y cómo vamos a utilizarlo realmente.
Este artículo tiene carácter divulgativo y no sustituye el consejo individual de un médico o dermatólogo, especialmente en personas con enfermedades cutáneas, antecedentes de cáncer de piel o tratamientos que aumenten la sensibilidad al sol.
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