La disbiosis intestinal puede alterar el equilibrio de la microbiota y afectar a la barrera intestinal, la digestión y la comunicación intestino-cerebro.
L&S.- La disbiosis intestinal es una alteración del equilibrio de la microbiota intestinal, es decir, de la enorme comunidad de microorganismos que vive en nuestro intestino. Puede afectar a la digestión, al funcionamiento de la barrera intestinal y a la relación que el aparato digestivo mantiene con el sistema inmunitario, el metabolismo y el sistema nervioso.
Por eso hablar de disbiosis intestinal no significa únicamente hablar de gases, diarrea o estreñimiento. El intestino forma parte de una red mucho más amplia y su estado puede influir en cómo se encuentra la persona en general.
Eso no significa que la disbiosis sea la explicación de cualquier enfermedad o síntoma. La investigación actual todavía intenta aclarar en muchos casos qué alteraciones de la microbiota son causa de un problema, cuáles son consecuencia y cuáles simplemente aparecen asociadas a él.
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Nuestro intestino alberga bacterias, virus, hongos y otros microorganismos que forman un ecosistema extraordinariamente complejo. A ese conjunto se le denomina microbiota intestinal. Estos microorganismos participan, entre otras funciones, en la fermentación de componentes de los alimentos que nosotros no podemos digerir, la producción de determinados metabolitos, la regulación del sistema inmunitario y el mantenimiento de la mucosa intestinal.
La disbiosis intestinal aparece cuando se producen alteraciones relevantes en la composición o en las funciones de esa comunidad. Puede haber pérdida de diversidad, disminución de determinados microorganismos beneficiosos, proliferación excesiva de otros o cambios en las sustancias que producen.
No existe, sin embargo, una única microbiota “perfecta”. Dos personas sanas pueden tener composiciones microbianas bastante diferentes.
Durante mucho tiempo se consideró al intestino fundamentalmente como un órgano encargado de digerir alimentos y absorber nutrientes. Hoy sabemos que su función es mucho más amplia.
El intestino constituye una enorme superficie de contacto entre el exterior y nuestro medio interno. Debe permitir la entrada de nutrientes y, al mismo tiempo, mantener bajo control microorganismos, antígenos y otras sustancias presentes en la luz intestinal.
El investigador y gastroenterólogo Alessio Fasano, una de las figuras más reconocidas en el estudio de la barrera intestinal, ha dedicado buena parte de su investigación a comprender cómo se regulan las uniones entre las células intestinales y qué ocurre cuando esa regulación se altera.
Sus trabajos ayudaron a cambiar la visión del intestino como una simple superficie de absorción y a destacar su papel como barrera selectiva entre el medio exterior y el organismo. Puedes consultar una de sus revisiones sobre zonulina y regulación de la barrera intestinal.
Esta relación entre microbiota, mucosa, sistema inmunitario y barrera intestinal explica por qué una alteración mantenida del ecosistema intestinal puede tener consecuencias que van más allá de una mala digestión.
Al intestino se le llama a menudo “segundo cerebro”, y no es únicamente una expresión llamativa.
En la pared del aparato digestivo existe una extensa red de neuronas y células gliales denominada sistema nervioso entérico. Esta red es capaz de coordinar gran parte de la motilidad, las secreciones, el flujo sanguíneo intestinal y otras funciones digestivas sin necesitar instrucciones continuas del cerebro.
El neurocientífico Michael Gershon contribuyó a popularizar esta idea al describir el sistema nervioso entérico como un “segundo cerebro”. La expresión refleja la complejidad y autonomía de esta red nerviosa intestinal. Puedes consultar su revisión clásica The enteric nervous system: a second brain.
Investigaciones posteriores han mostrado que el sistema nervioso entérico contiene cientos de millones de neuronas y mantiene una comunicación constante con el sistema nervioso central.
Por eso el intestino no funciona como una simple tubería por la que pasan los alimentos. Detecta estímulos, coordina respuestas y se comunica continuamente con otras partes del organismo.
Uno de los ejemplos más conocidos de esa conexión es la serotonina. Aunque suele asociarse exclusivamente con el cerebro y el estado de ánimo, la mayor parte de la serotonina del organismo se encuentra relacionada con el aparato digestivo, donde participa en funciones como la motilidad, la secreción y la sensibilidad intestinal.
Eso no quiere decir que la serotonina fabricada en el intestino viaje directamente al cerebro y determine nuestro estado de ánimo. La comunicación es bastante más compleja. Existe lo que hoy denominamos eje microbiota-intestino-cerebro: una comunicación bidireccional en la que participan el sistema nervioso entérico, el nervio vago, hormonas, sustancias producidas por la microbiota y mecanismos inmunitarios.
La investigación actual estudia cómo los microorganismos intestinales pueden influir sobre esas vías de comunicación y cómo el cerebro, a su vez, modifica funciones digestivas. Revisiones recientes describen precisamente la interacción entre microbiota, barrera intestinal y eje intestino-cerebro. :contentReference[oaicite:1]{index=1}
Esto ayuda a comprender algo que muchas personas perciben de forma intuitiva: el estado del intestino puede acompañarse de cambios en el bienestar general.
Digestión, apetito, respuesta al estrés, sueño, energía o estado de ánimo no funcionan como compartimentos completamente separados.
Eso no significa que cualquier cansancio, ansiedad o insomnio sea consecuencia de una disbiosis intestinal. Son síntomas muy inespecíficos y pueden tener numerosas causas. Pero tampoco resulta correcto considerar al intestino como un órgano aislado del resto del organismo.
La microbiota vive en contacto estrecho con la mucosa intestinal. Por eso, cuando hablamos de salud intestinal, no importa únicamente qué bacterias están presentes.
También importa el estado del tejido que las alberga.
La barrera intestinal está formada por varios elementos que trabajan de manera coordinada:
Su función consiste en permitir un paso selectivo. Los nutrientes deben atravesarla, pero microorganismos y determinadas sustancias no deben pasar libremente hacia el interior del organismo.
Cuando existe inflamación, infección u otras alteraciones, la permeabilidad intestinal puede modificarse.
En medicina se estudia desde hace décadas la regulación de estas uniones celulares. Los trabajos de Alessio Fasano sobre zonulina y barrera intestinal han sido especialmente influyentes en este campo. Puedes ampliar en su revisión sobre uniones estrechas, zonulina y enfermedad.
Conviene, sin embargo, evitar una explicación excesivamente simplificada del llamado “intestino permeable”. El intestino sano ya es permeable de forma controlada: si no lo fuera, no podríamos absorber nutrientes.
El problema aparece cuando esa permeabilidad se altera de manera inadecuada.
Si quieres entender cómo se produce normalmente la absorción a través de las vellosidades y de la pared intestinal, puedes consultar cómo funciona la digestión paso a paso.
No existe un síntoma exclusivo de disbiosis intestinal.
Entre las molestias que pueden acompañar a determinadas alteraciones de la microbiota se encuentran:
También puede existir una sensación más general de malestar, pero síntomas como fatiga, alteraciones del sueño o cambios del estado de ánimo no permiten diagnosticar por sí solos una disbiosis intestinal.
La microbiota cambia continuamente y puede verse influida por numerosos factores.
Entre los mejor conocidos se encuentran:
Los antibióticos son uno de los ejemplos más claros porque pueden modificar de forma importante la microbiota intestinal.
Eso no significa que sean perjudiciales cuando están indicados. Los antibióticos son medicamentos fundamentales y deben utilizarse cuando realmente se necesitan, respetando la pauta prescrita.
La alimentación ejerce una influencia importante sobre la microbiota porque determina buena parte de los nutrientes disponibles para los microorganismos intestinales.
Una dieta variada proporciona diferentes tipos de fibra, almidón resistente y compuestos vegetales que pueden ser utilizados por distintas especies bacterianas.
Frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, frutos secos y semillas pueden contribuir a esa diversidad.
Puede resultar útil conocer también el papel de los probióticos y prebióticos.
No es correcto, sin embargo, afirmar que un alimento concreto provoca por sí solo disbiosis intestinal en toda la población.
Por ejemplo, no hay fundamento para considerar de forma general a los lácteos o a las proteínas como causa directa de disbiosis, como aparecía en versiones antiguas de este artículo.
No.
La disbiosis intestinal es un concepto amplio que describe una alteración de la microbiota.
El SIBO, en cambio, se refiere específicamente a un sobrecrecimiento anormal de bacterias en el intestino delgado.
Puede existir relación entre ambos fenómenos, pero no son sinónimos.
Una persona puede presentar alteraciones de la microbiota sin tener SIBO, y el diagnóstico de SIBO requiere una valoración específica.
Actualmente no existe una prueba única y universal que permita afirmar con absoluta precisión que una persona tiene disbiosis intestinal y determinar automáticamente qué tratamiento necesita.
Los análisis de microbiota pueden identificar numerosos microorganismos presentes en una muestra fecal, pero su interpretación clínica es todavía compleja.
Dos personas sanas pueden presentar composiciones diferentes y no existe una microbiota ideal aplicable a todo el mundo.
Por eso, cuando hay síntomas digestivos persistentes, lo más importante es estudiar primero las posibles causas médicas concretas.
En la mayoría de las personas, cuidar la microbiota no requiere realizar tratamientos agresivos ni “limpiezas intestinales”.
Las medidas con mayor sentido general son:
En determinadas personas pueden ser útiles estrategias nutricionales más específicas, pero deben adaptarse a la causa de los síntomas.
Los probióticos pueden resultar útiles en algunas situaciones, pero no existe un probiótico universal para corregir cualquier disbiosis intestinal.
Los efectos dependen de la especie, la cepa, la dosis, el problema concreto y la persona que los recibe.
El National Center for Complementary and Integrative Health, organismo estadounidense dedicado precisamente al estudio de terapias complementarias e integrativas, señala que existen aplicaciones prometedoras de los probióticos, pero que en muchas situaciones todavía no sabemos qué cepas son las más adecuadas, en qué dosis ni qué personas obtendrán beneficio. :contentReference[oaicite:2]{index=2}
Esta es una buena muestra de cómo puede abordarse la salud intestinal desde una perspectiva integrativa sin abandonar el rigor científico.
En una persona sana, no existe una necesidad general de realizar limpiezas intestinales periódicas para eliminar toxinas o restaurar la microbiota.
Por eso eliminaríamos de la versión antigua de este artículo la recomendación de realizar limpiezas intestinales durante quince días y repetirlas periódicamente.
Tampoco es razonable recomendar de manera universal betaína, ácido caprílico, aloe u otros suplementos sin saber primero qué problema existe.
Es aconsejable consultar con un profesional sanitario si aparecen síntomas digestivos persistentes o signos como:
En estos casos no conviene atribuir automáticamente los síntomas a la microbiota sin descartar otras posibles causas.
La disbiosis intestinal es una alteración del equilibrio y de las funciones de la microbiota intestinal.
Su importancia no se limita a la digestión. El intestino mantiene una estrecha relación con la barrera intestinal, el sistema inmunitario, el metabolismo y el sistema nervioso.
El llamado eje microbiota-intestino-cerebro y el propio sistema nervioso entérico ayudan a entender por qué el estado intestinal puede formar parte del bienestar general de una persona.
Al mismo tiempo, debemos evitar convertir la disbiosis en una explicación universal para cualquier síntoma o enfermedad.
Cuidar la microbiota significa también cuidar la integridad del intestino: alimentación variada, fibra adecuada, ejercicio, descanso, reducción del estrés y uso responsable de medicamentos constituyen una base mucho más razonable que las llamadas limpiezas intestinales.
Fasano A. Zonulin and its regulation of intestinal barrier function
Fasano A. Zonulin, regulation of tight junctions, and autoimmune diseases
Gershon MD. The enteric nervous system: a second brain
Gastrointestinal and brain barriers: communication across the microbiota-gut-brain axis
Microbiota-gut-brain axis: microbiota, barrier function and lymphatic system
NCCIH. Probiotics: Usefulness and Safety
Última revisión: Agosto de 2026
Contenido revisado con fines divulgativos. Este artículo no sustituye el diagnóstico, tratamiento ni las recomendaciones individualizadas de un profesional sanitario.
Posgrado en Nutrición Humana por la Universidad Juan Carlos 1º y por el Colegio de Nutricionistas de Madrid. Experta en Nutrición aplicada a la salud por la Universidad de Almería (UAL).
Diplomada en Medicina Ortomolecular y diplomada en Nutrición deportiva por la UAL.
Redactora especializada en artículos de salud desde 2009 en diversos medios.
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qué poco se habla de esto. A pesar de lo presente que está en la vida de la gente. Yo me enteré por internet de los efectos devastadores del estrés emocional en el intestino. Me provocó una cadena de síntomas. Me curé sola, atendiendo a la disbiosis. Al principio pensé que era gluten; luego me di cuenta que era histamina, luego que cándida... Hasta no concluir que el tratamiento/causa no puede ser reducccionista, sino que se trata de balancear la biota, no logré curarme. Soy feliz de haberlo hecho. Lo que observo es que hay gente reacia a admitir que sus males pueden proceder de lo mismo.
Que le puedo decir al pediatra de mi hijo?...quiero que lo examinen bien pues noto que su estomago esta inflamado y padece de muchos gases...estamos en estados unidos
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