Algunos cambios en el color, la forma o la superficie de las uñas pueden aportar pistas sobre su estado y, en ciertos casos, justificar una consulta médica.
L&S.- Las uñas y la salud están relacionadas, pero no de una forma tan sencilla como a veces se cuenta. Una uña amarilla no significa automáticamente que exista una enfermedad pulmonar, una línea oscura no es necesariamente un melanoma y unas uñas frágiles no demuestran por sí solas que falten vitaminas. Sin embargo, algunos cambios en el color, la forma, la superficie o el crecimiento de las uñas pueden acompañar a enfermedades dermatológicas o sistémicas y, cuando aparecen sin una causa evidente o persisten, merece la pena prestarles atención.
Las uñas son fáciles de observar y además crecen lentamente, de modo que pueden conservar durante semanas o meses la huella de un traumatismo, una enfermedad, una inflamación o una interrupción temporal del crecimiento. Por eso los dermatólogos las examinan junto con la piel y el cabello. La clave está en no utilizarlas como un oráculo del organismo, sino como una posible pista que debe interpretarse junto con otros síntomas y, cuando sea necesario, mediante exploración médica y pruebas complementarias.
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Una uña sana suele presentar una superficie relativamente lisa, un color rosado o acorde con el tono natural de la piel, una lámina firmemente unida al lecho ungueal y un crecimiento progresivo. Esto no significa que todas las uñas tengan que ser idénticas ni completamente lisas. Con la edad pueden aparecer estrías longitudinales y pequeñas irregularidades que, por sí solas, no indican enfermedad.
También influyen los golpes, las manicuras, el contacto frecuente con agua y detergentes, los esmaltes, los productos de retirada y determinados hábitos. Antes de pensar que una modificación de la uña refleja un problema interno hay que preguntarse si existe una explicación local mucho más sencilla.
Entre los cambios que merece la pena vigilar se encuentran una modificación persistente del color, un engrosamiento importante, desprendimiento de la uña, deformaciones nuevas, pequeños hoyuelos, surcos transversales profundos, inflamación alrededor de la uña, sangrado sin una causa clara o una banda oscura nueva que aumenta o cambia con el tiempo.
Ninguno de estos signos permite diagnosticar por sí solo una enfermedad concreta. La American Academy of Dermatology señala precisamente que los cambios de color, textura o forma pueden ser inocuos, pero también pueden acompañar a enfermedades, por lo que algunos deben ser valorados por un dermatólogo.
Las pequeñas manchas blancas son probablemente uno de los cambios ungueales que más preocupan y, al mismo tiempo, uno de los que más mitos han generado. La forma más frecuente de leuconiquia puntual suele estar relacionada con pequeños traumatismos en la matriz de la uña y no significa automáticamente que exista una carencia de calcio.
Tenemos un artículo específico dedicado a las manchas blancas en las uñas y la leuconiquia, porque no todas las coloraciones blancas tienen el mismo origen. Algunas alteraciones que afectan a varias uñas o a una gran parte de la lámina sí pueden aparecer asociadas a determinadas enfermedades, pero necesitan una valoración más amplia.
Una uña puede volverse amarillenta por motivos relativamente cotidianos, entre ellos determinados esmaltes, el tabaco o una infección por hongos. Cuando además se vuelve gruesa, crece lentamente o se despega parcialmente del lecho ungueal, conviene investigar la causa.
Existe incluso un trastorno poco frecuente llamado síndrome de las uñas amarillas, en el que varias uñas se vuelven amarillas, engrosadas y de crecimiento muy lento y que puede asociarse con linfedema y problemas respiratorios. Eso no significa, por supuesto, que cualquier uña amarillenta indique este síndrome. La apariencia debe interpretarse dentro del contexto clínico de cada persona.
Los pequeños hoyuelos en la superficie de la uña, conocidos como pitting, pueden aparecer en personas con psoriasis, dermatitis atópica o alopecia areata. En la psoriasis ungueal también pueden presentarse engrosamiento bajo la uña, separación del lecho y cambios de color.
Si además existen lesiones cutáneas compatibles, puede ser útil consultar nuestro artículo sobre psoriasis y solicitar valoración médica, ya que las alteraciones de las uñas pueden formar parte de la propia enfermedad.
Los surcos profundos que cruzan horizontalmente una o varias uñas reciben el nombre de líneas de Beau. Se producen cuando el crecimiento de la uña se ralentiza o se detiene temporalmente. Un traumatismo local puede afectar a una única uña, mientras que una enfermedad importante, una fiebre elevada, determinados tratamientos o un estrés físico intenso pueden afectar simultáneamente a varias.
La posición del surco puede incluso ofrecer una idea aproximada de cuándo se produjo la interrupción del crecimiento, ya que la uña continúa avanzando y la línea se desplaza hacia el extremo conforme crece.
Cuando la lámina ungueal se aplana o adopta una forma cóncava, como una pequeña cuchara, hablamos de coiloniquia. Puede observarse en relación con deficiencia de hierro y otras situaciones, aunque también existen causas dermatológicas y otras enfermedades asociadas.
Por eso una uña cóncava no basta para diagnosticar anemia. Si aparece de forma nueva, afecta a varias uñas o se acompaña de cansancio, palidez u otros síntomas, es razonable consultar al médico y valorar si procede realizar una analítica. Puede ampliar información sobre determinados tipos de anemia, aunque las causas de déficit de hierro son distintas y deben estudiarse individualmente.
Una curvatura progresiva de las uñas acompañada de aumento del volumen de la punta de los dedos puede corresponder a lo que se denomina acropaquia o dedos hipocráticos. Es un signo conocido desde hace siglos y puede encontrarse asociado a determinadas enfermedades pulmonares, cardíacas, hepáticas o digestivas.
Pero tampoco aquí puede hacerse un diagnóstico mirando únicamente una fotografía de las uñas. Algunas personas presentan una curvatura familiar sin una enfermedad subyacente. Cuando el cambio aparece de forma progresiva o es nuevo, sí merece una evaluación médica.
La separación de la lámina ungueal de su lecho se denomina onicólisis. La zona desprendida suele adquirir un aspecto blanquecino porque entra aire debajo de la uña. Entre sus causas frecuentes están los traumatismos, algunas manicuras agresivas, infecciones por hongos y enfermedades como la psoriasis.
También puede aparecer en determinadas alteraciones tiroideas o como efecto de medicamentos, pero sería un error asumir que una uña levantada significa necesariamente hipotiroidismo. Lo importante es buscar la causa real, especialmente cuando afecta a varias uñas o persiste.
Las bandas pigmentadas longitudinales pueden aparecer por distintas causas y algunas son completamente benignas. También pueden producirse pequeños hematomas después de un golpe. Sin embargo, una franja oscura nueva, especialmente si cambia de anchura, color o aspecto, debe ser valorada por un dermatólogo porque, en algunos casos, puede corresponder a un melanoma de la unidad ungueal.
No todo punto negro ni toda raya oscura es cáncer, pero tampoco conviene cubrirla con esmalte durante meses sin saber qué está ocurriendo. Puede ampliar información general sobre el melanoma y consultar al dermatólogo si la pigmentación es nueva o evoluciona.
Las pequeñas líneas rojizas o marrones situadas bajo la uña se conocen como hemorragias en astilla. Con mucha frecuencia se deben a un traumatismo pequeño que incluso puede haber pasado inadvertido. En determinadas circunstancias también pueden aparecer asociadas a enfermedades sistémicas, pero su presencia aislada no permite concluir que exista una cardiopatía o una infección interna.
El número de uñas afectadas, los síntomas acompañantes y los antecedentes son mucho más importantes que el signo por sí solo.
Las infecciones por hongos pueden hacer que las uñas se vuelvan amarillentas, blanquecinas, gruesas, quebradizas o deformadas. Son especialmente frecuentes en las uñas de los pies y su diagnóstico puede requerir tomar una muestra antes de indicar tratamiento.
El artículo antiguo relacionaba las infecciones repetidas de las uñas con una supuesta candidiasis intestinal. Esa relación directa no está justificada. Una onicomicosis recurrente puede favorecerse por humedad, traumatismos, edad, alteraciones de la circulación, determinadas enfermedades o exposición repetida a hongos, entre otros factores. En personas con diabetes tipo 2, por ejemplo, conviene prestar especial atención a las infecciones de los pies y las uñas, pero una infección ungueal no diagnostica diabetes.
Google muestra también una preocupación creciente por si las uñas de gel o semipermanentes estropean la uña natural. El limado repetido, los productos utilizados para retirar el esmalte o las prótesis, los adhesivos y determinados acrilatos pueden producir fragilidad, descamación, irritación o alergia en algunas personas.
Este tema merece un artículo propio porque no es lo mismo hablar de esmalte semipermanente que de gel, acrílico o uñas postizas. Aquí basta recordar que una uña dañada no se «repara» instantáneamente cuando retiramos el producto: la zona alterada debe ir creciendo hasta ser sustituida por nueva lámina ungueal.
Conviene solicitar valoración cuando aparece una banda oscura nueva o cambiante, una uña comienza a desprenderse sin causa clara, existe inflamación persistente alrededor de la uña, aparece pus, varias uñas cambian simultáneamente de forma o color, existe dolor importante, el crecimiento se detiene de manera llamativa o una deformación nueva persiste durante semanas.
También merece atención cualquier cambio acompañado de síntomas generales, como cansancio intenso, dificultad respiratoria, hinchazón, fiebre o pérdida de peso inexplicable. En estos casos el aspecto de las uñas es solo una pieza más de la información clínica.
La relación entre las uñas y la salud existe, pero conviene interpretarla con sensatez. Una persona puede tener uñas aparentemente perfectas y padecer una enfermedad importante, mientras que otra puede presentar uñas estriadas, frágiles o manchadas y estar completamente sana.
Por eso observar las uñas resulta útil, pero buscar una enfermedad diferente para cada raya, mancha o irregularidad puede generar una preocupación innecesaria. Lo importante es detectar cambios persistentes, nuevos o llamativos y saber cuándo merecen una consulta.
Las uñas son una pequeña parte del cuerpo, pero pueden conservar pistas interesantes sobre lo que les ha ocurrido a ellas mismas y, en determinadas ocasiones, sobre lo que está sucediendo en el organismo. Mirarlas de vez en cuando es una buena costumbre; convertirlas en una herramienta de autodiagnóstico, no.
A veces puede aportar una pista, pero los cambios de color tienen muchas causas. Amarillo, blanco, azulado o marrón pueden deberse a factores locales, medicamentos, infecciones o determinadas enfermedades y necesitan interpretarse en su contexto.
Generalmente presentan una lámina relativamente lisa, firmemente adherida, sin inflamación alrededor y con un color compatible con el tono natural de la persona. Pequeñas estrías longitudinales pueden aparecer con la edad y no necesariamente indican enfermedad.
No necesariamente. La fragilidad puede estar relacionada con agua, detergentes, manicuras, productos cosméticos, traumatismos o determinadas enfermedades. Las deficiencias nutricionales son solo una de las posibles causas.
No. Puede haber pigmentaciones benignas o hematomas, pero una banda oscura nueva, cambiante o de aspecto irregular debe ser examinada por un dermatólogo para descartar lesiones importantes.
Habitualmente no. Las pequeñas manchas blancas suelen deberse a microtraumatismos de la matriz de la uña. Existen otros tipos de leuconiquia que requieren una valoración diferente.
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unas
:roll: muy interesante