El término metrosexual se popularizó para describir al hombre muy pendiente de su imagen, su estilo y sus cuidados personales.
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L&S.- Hoy la palabra metrosexual nos suena bastante familiar: solemos utilizarla para describir a un hombre muy pendiente de su aspecto, de la ropa que lleva, de su piel, su pelo, su cuerpo o de los productos que utiliza para cuidarse. Pero cuando el término empezó a popularizarse, a finales del siglo XX y comienzos del XXI, la reacción social era muy distinta.
Entonces todavía resultaba llamativo que un hombre se depilara, utilizara cremas, se hiciera la manicura, siguiera la moda o dedicara mucho tiempo a su imagen. Y como el propio término terminaba en “-sexual”, muchas personas lo confundían además con la orientación sexual. En lenguaje de calle, no era raro que “metrosexual” se interpretara directamente como “afeminado” o incluso como “maricón”.
Con los años, esa asociación se ha debilitado muchísimo. Cuidarse, utilizar cosméticos o interesarse por la moda masculina se ha normalizado. Hoy, cuando alguien llama metrosexual a un hombre, suele querer decir simplemente que se cuida mucho, quizá incluso demasiado, y que presta una atención especial a su imagen.
Un metrosexual es, en sentido general, un hombre especialmente preocupado por su imagen personal, su estilo, su aspecto físico y los productos o servicios relacionados con el cuidado estético.
No describe una orientación sexual. Un hombre metrosexual puede ser heterosexual, homosexual, bisexual o tener cualquier otra orientación. La palabra se refiere a su relación con la imagen y el cuidado personal, no a quién le atrae.
La idea original estaba muy vinculada además al consumo: ropa, perfumes, cosmética, peluquería, gimnasios, accesorios y todo un mercado de productos dirigido a un nuevo tipo de consumidor masculino.
El término fue popularizado por el periodista británico Mark Simpson, que lo utilizó en 1994 en un artículo publicado en The Independent titulado Here Come the Mirror Men.
Simpson describía a un nuevo tipo de hombre urbano, joven, con dinero para gastar, interesado por la moda, el aspecto y los productos de cuidado personal, y muy influido por la publicidad y las revistas de estilo masculino.
La palabra combinaba la idea de metrópoli, porque este nuevo consumidor masculino se asociaba a las grandes ciudades, con el sufijo “sexual”, utilizado de forma deliberadamente provocadora. :contentReference[oaicite:0]{index=0}
El término existía desde 1994, pero no explotó mundialmente hasta varios años después.
En 2002, Mark Simpson retomó el concepto en un artículo para Salon y utilizó a David Beckham como uno de sus grandes ejemplos. Beckham reunía casi todos los elementos del nuevo ideal masculino: futbolista de élite, icono de moda, consumidor visible de cosméticos, cambios frecuentes de peinado, gusto por la ropa de diseñador y una imagen muy cuidada.
La asociación fue tan fuerte que Beckham acabó convertido durante años en una especie de símbolo internacional de la metrosexualidad. :contentReference[oaicite:1]{index=1}
No existe una lista oficial que determine quién es metrosexual y quién no. El término siempre ha sido más cultural que científico.
Tradicionalmente se ha asociado con hombres que:
Lo curioso es que casi todas estas conductas, que a comienzos de los años 2000 parecían suficientes para colocar una etiqueta especial a un hombre, hoy resultan bastante comunes.
Esta aclaración era especialmente necesaria cuando apareció el término.
Durante mucho tiempo, el cuidado estético masculino estuvo rodeado de estereotipos. Un hombre que mostraba demasiado interés por la moda, los cosméticos o la depilación podía ser etiquetado socialmente como homosexual, independientemente de su orientación real.
La metrosexualidad contribuyó, paradójicamente, a romper parte de esa asociación.
Mark Simpson ya dejó claro desde sus primeras descripciones que el metrosexual podía ser heterosexual, homosexual o bisexual. La orientación sexual no era lo importante: lo importante era la relación del hombre con su propia imagen, el consumo y el deseo de ser visto. :contentReference[oaicite:2]{index=2}
Para entender el concepto hay que recordar el contexto social en el que apareció.
Hace unas décadas, muchos cuidados hoy completamente normales estaban considerados poco masculinos. Un hombre que se depilaba las cejas, utilizaba una crema hidratante o se preocupaba demasiado por combinar la ropa podía recibir burlas o comentarios sobre su masculinidad.
Por eso, durante años, la palabra metrosexual funcionó casi como una etiqueta defensiva: permitía decir “este hombre se cuida muchísimo” sin tener que hablar de su orientación sexual.
El significado cotidiano ha cambiado.
Hoy nadie necesita una palabra especial para un hombre que usa crema hidratante, se depila, va a la peluquería o compra perfume. El mercado masculino de cosmética y cuidado personal se ha normalizado.
Por eso, cuando todavía se utiliza la palabra metrosexual, suele referirse a un grado más intenso de dedicación a la imagen: un hombre muy pendiente de su aspecto, sus rutinas de cuidado, la ropa, el cuerpo y las tendencias.
En otras palabras: antes la sorpresa era que un hombre se cuidara; hoy la etiqueta aparece más bien cuando parece que se cuida muchísimo.
Mucho menos que hace veinte años.
El concepto tuvo éxito porque describía un cambio social real: los hombres empezaban a convertirse en consumidores visibles de moda, cosmética y estética personal.
Pero precisamente porque ese cambio triunfó, la palabra perdió parte de su utilidad.
Lo que antes parecía un comportamiento excepcional hoy forma parte de la vida cotidiana de millones de hombres. Cremas faciales, protectores solares, gimnasios, barberías especializadas, depilación, tratamientos capilares o manicuras masculinas ya no necesitan una etiqueta sociológica propia.
Desde su origen, la palabra estuvo muy vinculada al marketing.
Mark Simpson describía al metrosexual como un consumidor especialmente atractivo para la industria porque gastaba dinero en productos que tradicionalmente se habían vendido principalmente a mujeres: cosméticos, moda, perfumes, tratamientos y accesorios.
La prensa masculina, las marcas de ropa y la publicidad contribuyeron a convertir el cuerpo masculino en algo que también podía ser observado, cuidado, exhibido y vendido. :contentReference[oaicite:3]{index=3}
Puede ampliar información sobre algunos de estos cuidados en nuestro artículo sobre bótox y tratamientos estéticos en hombres.
Google sigue mostrando búsquedas como “metrosexual mujer”, pero históricamente el concepto nació para describir un cambio específico en la masculinidad.
Las mujeres llevaban mucho tiempo siendo el principal objetivo de la industria de la moda y la cosmética, de modo que no se necesitó una palabra equivalente para describir a una mujer interesada en su aspecto.
Por eso, aunque alguien pueda utilizar “metrosexual” de forma coloquial para cualquier persona muy centrada en la imagen, el término original se refiere fundamentalmente al hombre.
El término retrosexual apareció como una especie de reacción frente al metrosexual.
Se utilizó para describir al hombre que se identificaba con una masculinidad más tradicional y mostraba menos interés por cosmética, moda o tratamientos estéticos.
Mark Simpson también utilizó posteriormente este concepto como contrapunto al metrosexual. :contentReference[oaicite:4]{index=4}
Años después apareció otro término: spornosexual, combinación de sport, porn y sexual.
Mark Simpson lo utilizó en 2014 para describir una evolución de la metrosexualidad en la que el protagonista ya no era tanto la ropa como el propio cuerpo.
El hombre spornosexual trabaja intensamente su musculatura, exhibe el cuerpo y convierte el físico en su principal elemento de identidad estética. :contentReference[oaicite:5]{index=5}
Tecnosexual fue otra de las muchas etiquetas que surgieron durante aquellos años para mezclar masculinidad, consumo y tecnología.
Se aplicaba principalmente al hombre muy interesado tanto en su imagen como en dispositivos electrónicos, gadgets y nuevas tecnologías.
Nunca alcanzó la difusión de “metrosexual” y hoy su uso es bastante residual.
Más que buscar personajes concretos, hoy resulta más útil pensar en comportamientos.
Podríamos describir como metrosexual, en el sentido clásico del término, a un hombre que dedica bastante tiempo y dinero a:
Pero ninguna de estas prácticas convierte automáticamente a alguien en metrosexual. La palabra describe más bien una actitud global hacia la propia imagen.
Quizá lo más curioso de la historia del metrosexual sea precisamente que terminó perdiendo protagonismo porque muchas de sus características se normalizaron.
Hace veinte o treinta años, que un hombre tuviera varias cremas en el baño podía parecer noticia. Hoy puede simplemente significar que usa protector solar, hidratante y un producto para la barba.
El metrosexual dejó de sorprender porque una parte importante de aquello que representaba pasó a formar parte de la cultura masculina cotidiana.
Describe a un hombre especialmente interesado en su imagen, su estilo, el cuidado personal y la estética.
No. La palabra no describe orientación sexual. Un metrosexual puede ser heterosexual, homosexual, bisexual o tener cualquier otra orientación.
El periodista británico Mark Simpson es reconocido como quien la utilizó y desarrolló públicamente en 1994 en un artículo publicado en The Independent. :contentReference[oaicite:6]{index=6}
Porque Mark Simpson lo presentó en 2002 como uno de los principales ejemplos del nuevo hombre muy consciente de su imagen, su estilo y su atractivo público. :contentReference[oaicite:7]{index=7}
Sí, aunque mucho menos que en los años 2000. Muchas conductas que antes se asociaban a la metrosexualidad se han normalizado.
No necesariamente. Utilizar cosméticos masculinos es hoy algo completamente habitual. El término suele implicar una preocupación mucho más intensa y global por la imagen.
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