L&S.- Decir que el intestino es el segundo cerebro puede parecer una exageración, pero detrás de esa expresión existe una realidad biológica fascinante. El aparato digestivo posee su propio sistema nervioso, mantiene una comunicación constante con el cerebro y participa en funciones relacionadas con la digestión, el apetito, el estrés, la inmunidad y el bienestar general.
Eso no significa que el intestino piense como el cerebro ni que tenga conciencia. La expresión “segundo cerebro” se refiere principalmente al sistema nervioso entérico, una extensa red de neuronas y células especializadas situada en la pared del aparato digestivo.
Esta red puede controlar muchas funciones intestinales de forma autónoma y, al mismo tiempo, intercambia continuamente información con el cerebro. Por eso cada vez comprendemos mejor que intestino y cerebro no funcionan como órganos aislados, sino como partes de un mismo sistema de comunicación.
Por qué se dice que el intestino es el segundo cerebro
Contenidos
El sistema nervioso entérico contiene cientos de millones de neuronas distribuidas principalmente en dos grandes redes nerviosas de la pared intestinal: los plexos mientérico y submucoso.
Estas neuronas detectan lo que ocurre dentro del intestino y coordinan respuestas como:
- el movimiento del alimento;
- las contracciones intestinales;
- la secreción de líquidos y enzimas;
- el flujo sanguíneo local;
- y parte de la comunicación con el sistema inmunitario.
El neurocientífico Michael D. Gershon, de la Universidad de Columbia, fue uno de los investigadores que más contribuyó a popularizar la idea de que el intestino es el segundo cerebro. Su trabajo ayudó a mostrar que el sistema nervioso entérico no es simplemente una extensión pasiva del cerebro, sino una red capaz de integrar información y organizar respuestas complejas por sí misma.
En su revisión clásica The enteric nervous system: a second brain, Gershon describe precisamente esta autonomía del sistema nervioso intestinal.
¿El intestino tiene realmente neuronas?
Sí. La pared del tubo digestivo contiene una red muy extensa de neuronas que forma el sistema nervioso entérico. Estas neuronas pueden detectar cambios químicos y mecánicos dentro del intestino y coordinar respuestas sin esperar una orden directa del cerebro.
Por ejemplo, cuando un alimento avanza por el intestino, las neuronas entéricas detectan la distensión de la pared y organizan contracciones musculares que impulsan el contenido hacia adelante.
El intestino puede incluso mantener muchos de estos reflejos cuando se interrumpe parte de la comunicación con el sistema nervioso central.
Precisamente esa capacidad de autonomía es una de las razones por las que se afirma que el intestino es el segundo cerebro.
El intestino y el cerebro mantienen una conversación continua
Que el intestino pueda funcionar con cierta autonomía no significa que esté desconectado del cerebro.
La comunicación es constante y se produce en ambas direcciones.
El intestino envía información al cerebro y el cerebro modifica, a su vez, la actividad digestiva. Esta comunicación utiliza varias vías:
- el sistema nervioso autónomo;
- el nervio vago;
- hormonas;
- el sistema inmunitario;
- y sustancias producidas por la microbiota intestinal.
Por esta razón se habla actualmente del eje intestino-cerebro o, de forma más amplia, del eje microbiota-intestino-cerebro.
Michael Gershon y Kara Gross Margolis describen esta comunicación como un proceso bidireccional en el que el intestino envía señales al cerebro mediante vías vagales y espinales y recibe, al mismo tiempo, señales simpáticas y parasimpáticas. Puedes ampliar en The gut, its microbiome, and the brain: connections and communications.
El nervio vago: una gran autopista entre intestino y cerebro
Uno de los protagonistas de esta comunicación es el nervio vago.
Es uno de los nervios más importantes del sistema nervioso parasimpático y conecta el cerebro con numerosos órganos, entre ellos el aparato digestivo.
Una gran parte de sus fibras transporta información desde los órganos hacia el cerebro. Es decir, el cerebro recibe continuamente señales sobre lo que está ocurriendo en el intestino.
Esta comunicación ayuda a regular funciones como la motilidad digestiva, la saciedad, determinadas respuestas inmunitarias y la reacción del organismo ante distintos estímulos.
También explica en parte por qué las emociones pueden sentirse tan claramente en el abdomen.
Una situación de miedo, estrés o ansiedad puede modificar rápidamente la actividad intestinal. Y, en sentido contrario, determinadas señales procedentes del intestino pueden influir sobre la respuesta del sistema nervioso.
Serotonina: mucho más que el neurotransmisor del buen humor
Otro elemento fascinante de esta relación es la serotonina.
Normalmente asociamos esta sustancia con el cerebro y el estado de ánimo, pero una gran parte de la serotonina del organismo se encuentra relacionada con el aparato digestivo.
En el intestino, determinadas células de la mucosa llamadas células enterocromafines producen serotonina y la utilizan como una importante molécula de señalización.
La serotonina intestinal participa en:
- la motilidad;
- la secreción intestinal;
- la sensibilidad visceral;
- y la activación de reflejos digestivos.
Gershon ha estudiado durante décadas precisamente el papel de la serotonina en el sistema nervioso entérico y en la comunicación entre intestino y cerebro. Sin embargo, conviene aclarar algo importante: la serotonina producida en el intestino no viaja simplemente hasta el cerebro para hacernos felices.
La serotonina periférica y la cerebral pertenecen a sistemas relacionados, pero separados por la barrera hematoencefálica. La relación entre microbiota, serotonina y cerebro es bastante más compleja e implica señales nerviosas, inmunitarias, metabólicas y hormonales.
La microbiota también participa en esta conversación
En el intestino viven billones de microorganismos que forman la microbiota intestinal. Estos microorganismos producen sustancias capaces de interactuar con las células intestinales, el sistema inmunitario y el sistema nervioso. Entre ellas se encuentran ácidos grasos de cadena corta y otros metabolitos derivados de la alimentación y de la actividad bacteriana.
La microbiota también puede influir directa o indirectamente sobre los sistemas relacionados con la serotonina. Una revisión científica sobre este tema describe diferentes mecanismos mediante los cuales las bacterias intestinales pueden modificar la señalización serotoninérgica del organismo. Esto ayuda a explicar por qué hoy hablamos del eje microbiota-intestino-cerebro y no únicamente de una conexión nerviosa entre dos órganos.
Qué significa realmente que el intestino es el segundo cerebro
Decir que el intestino es el segundo cerebro no significa que podamos pensar con el intestino. Significa que posee un sistema nervioso propio extraordinariamente complejo, capaz de detectar información, procesarla y organizar respuestas locales. Además, está conectado permanentemente con el cerebro mediante una red de señales que incluye nervios, hormonas, moléculas inmunitarias y sustancias producidas por los microorganismos intestinales.
Por eso digestión, estrés, emociones, apetito y bienestar pueden influirse mutuamente. Probablemente todos hemos experimentado alguna vez esa relación: pérdida de apetito ante una preocupación, “mariposas” en el estómago, diarrea antes de un acontecimiento importante o digestiones pesadas durante períodos de estrés.
No son simples imaginaciones. El cerebro puede modificar la actividad intestinal de forma muy rápida.
Estrés, emociones y aparato digestivo
El estrés es uno de los ejemplos más claros de la comunicación entre cerebro e intestino. Cuando el organismo interpreta que existe una amenaza, cambia el funcionamiento del sistema nervioso autónomo y se liberan distintas hormonas relacionadas con la respuesta al estrés. La digestión deja de ser una prioridad inmediata.
En algunas personas esto puede traducirse en:
- pérdida de apetito;
- sensación de nudo en el estómago;
- náuseas;
- diarrea;
- estreñimiento;
- dolor abdominal;
- o cambios de la motilidad.
Y también existe la dirección contraria: el estado del intestino puede modificar las señales que llegan al cerebro. Por eso la investigación actual presta tanta atención al eje intestino-cerebro en enfermedades digestivas funcionales como el síndrome de intestino irritable.
¿Puede el intestino influir en el estado de ánimo?
Probablemente sí, pero esta cuestión requiere bastante prudencia. Los estudios muestran que existe comunicación entre microbiota, sistema nervioso entérico y cerebro, y se investiga su relación con el estrés, el estado de ánimo y determinados trastornos neurológicos y psiquiátricos. Sin embargo, no podemos afirmar que una microbiota concreta provoque directamente depresión o ansiedad en una persona.
Gran parte de los mecanismos todavía se están estudiando y muchos datos proceden de modelos animales o de asociaciones observadas en humanos. La idea importante es otra: el estado mental y el estado intestinal mantienen una relación bidireccional.
Un intestino sano no garantiza felicidad, pero tampoco tiene sentido considerar al aparato digestivo completamente separado del sistema nervioso.
El segundo cerebro también necesita una barrera intestinal íntegra
La comunicación entre microbiota, intestino y cerebro depende también del buen estado de la pared intestinal. La mucosa intestinal funciona como una barrera selectiva: permite absorber nutrientes y agua, pero debe mantener bajo control microorganismos y determinadas sustancias presentes dentro del intestino. Esta barrera está formada por la capa de moco, las células intestinales, sus uniones, el sistema inmunitario local y la propia microbiota.
Cuando se altera ese equilibrio, también puede cambiar la forma en que el intestino se comunica con el resto del organismo. Por eso cuidar la integridad intestinal no consiste únicamente en conseguir una buena digestión. Significa también mantener correctamente una de las principales superficies de contacto entre nuestro organismo y el mundo exterior.
Si quieres entender cómo funciona esta barrera y cómo se absorben los nutrientes, puedes consultar cómo funciona la digestión paso a paso.
Qué ocurre cuando se altera la microbiota
Los cambios importantes en la microbiota intestinal reciben a menudo el nombre de disbiosis intestinal. Una disbiosis puede aparecer después de determinadas infecciones, antibióticos, cambios importantes de alimentación y otras situaciones. Puede acompañarse de alteraciones digestivas y de cambios en la función de la barrera intestinal.
Si quieres ampliar este tema, puedes consultar nuestro artículo sobre disbiosis intestinal, síntomas y cómo cuidar la microbiota.
Cómo cuidar el intestino y su sistema nervioso
No necesitamos “desintoxicar” el intestino ni realizar tratamientos extravagantes para cuidar nuestro segundo cerebro.
Las medidas más importantes siguen siendo bastante sencillas:
- mantener una alimentación variada;
- consumir suficiente fibra cuando se tolera bien;
- incluir frutas, verduras, legumbres, frutos secos y otros alimentos vegetales;
- mantener actividad física regular;
- dormir suficientemente;
- reducir el estrés crónico;
- evitar el tabaco;
- moderar el alcohol;
- y utilizar antibióticos únicamente cuando estén indicados.
También es importante no obsesionarse con conseguir una supuesta microbiota perfecta. Cada persona alberga una comunidad microbiana diferente. El objetivo no es fabricar un intestino ideal, sino proporcionar unas condiciones que favorezcan su funcionamiento normal.
Entonces, ¿el intestino es realmente nuestro segundo cerebro?
En sentido literal, no. Tenemos un solo cerebro consciente, situado dentro del cráneo. Pero desde el punto de vista fisiológico, la expresión tiene bastante sentido.
El intestino es el segundo cerebro porque posee una red nerviosa extraordinariamente compleja, capaz de controlar gran parte de la actividad digestiva de forma autónoma y de mantener una comunicación constante con el sistema nervioso central.
La microbiota, el nervio vago, la serotonina, las hormonas, el sistema inmunitario y la barrera intestinal forman parte de esa conversación. Y quizá esa sea la idea más interesante: el intestino no es simplemente el lugar donde termina nuestra comida. Es un órgano que observa, responde y se comunica continuamente con el resto del organismo.
Referencias
Gershon MD. The enteric nervous system: a second brain
Gershon MD, Gross Margolis K. The gut, its microbiome, and the brain: connections and communications
Direct and indirect mechanisms by which the gut microbiota influence host serotonin systems
Toward manipulating serotonin signaling via the microbiota-gut-brain axis
Última revisión: Agosto de 2026
Contenido revisado con fines divulgativos. Este artículo no sustituye el diagnóstico, tratamiento ni las recomendaciones individualizadas de un profesional sanitario.
Acerca de Beatriz
Posgrado en Nutrición Humana por la Universidad Juan Carlos 1º y por el Colegio de Nutricionistas de Madrid. Experta en Nutrición aplicada a la salud por la Universidad de Almería (UAL).
Diplomada en Medicina Ortomolecular y diplomada en Nutrición deportiva por la UAL.
Redactora especializada en artículos de salud desde 2009 en diversos medios.

